viernes, 8 de julio de 2016

Miriam

¡Cómo extrañé a Miriam los días que no estuvo!
Lo que para ella eran unos días de descanso, para mí, fue un período de tristeza y soledad.
Su cama vacía me recordaba el silencio que abrazaría mi desayuno y el tedio del “día mudo”.
A nadie se le ocurre mandar mensaje a alguien que está disfrutando sus primeras vacaciones con la persona que eligió para compartir el tiempo.
Soy “nadie” me dije en voz baja. ¿Cuánto tiempo? Me pregunté. ¿Y si no vuelve?.
Pero Miriam volvió. Feliz y rozagante… con profundo placer sacó de su mochila un recuerdo de Santa Teresita, lo ubicó en la repisa justo frente de mi cama. Era una pirámide con paredes de acrílico transparente, en su interior, con unos centímetros de agua, orgulloso de su protagonismo, un delfín. En la base celeste miles de puntos mágicos, azules y dorados.
Ahora Miriam no está, no se fue de vacaciones, consiguió una beca en Holanda para estudiar Lenguas Clásicas y, cuando regrese, ya no volverá a compartir la habitación de la pensión estudiantil… Me dejó la pirámide… ésa que ahora, con el insomnio de la madrugada, miro fijamente. No puedo conciliar el sueño. Traigo el cuenco lleno con piedras de sal que tiene una luz tenue, y lo ubico detrás de la pirámide; así puedo ver al delfín. Delfín-Miriam, lo llamo.
Observo que no está feliz como cuando lo instalaron en la repisa, lo noto dubitativo, inquieto. Me mira y retribuyo su atención… Permanecemos así un tiempo indefinido… En un momento, los puntos mágicos comienzan a moverse transformados en arena. Una brisa suave mueve los granitos de arena que comienzan a golpetear el interior de la pirámide... La brisa se vuelve viento y la arena se sacude produciendo extraños sonidos.
El Delfín-Miriam clama, escucho su decir silencioso.
Ya no es una tormenta cualquiera, es un tornado. Se rompen las paredes de la pirámide. El delfín sale, se escapa… viene a mi cama, se instala… Siento su frío cuerpo, humedece mi piel. Despavorida, con arena en los ojos, resuelvo hacerme un café.
Al poner un pie en el suelo la veo... acurrucada
en un rincón, rodeada de pedazos de acrílico de lo que una vez fue una pirámide, está Miriam... cubierta con mi bata azul, la que tiene capucha, tiene una flor en su cabello y su sonrisa franca.


Imagen: Retrato de Gerda, 1914
Ernst Ludwig Kirchner