sábado, 19 de febrero de 2011

Salvador

Los cuatro, familia ejemplar al decir de los amigos, volvíamos de vacaciones... El auto se deslizaba veloz sobre el asfalto... Diego pasó el mate, una luz potente nos encandiló…. No sé si dije algo… El ruido ensordecedor… el camión… el árbol… el golpe… gritos… sirenas… La nada.
Mario manejaba, había sido del grupo del King cuando lo conocí… Era así, siempre es así, los jóvenes se agrupan en lugares comunes. Nosotros, en los bares de Corrientes, la calle que “nunca dormía”. La primera vez que fui me había invitado Sergio, amigo de la Facu, amigo común. Amigo de oro… Yo tenía el llanto de corbata, la angustia en la piel, dolor en todo el cuerpo y el bebé reclamando… Mi bebé… ese que tanto había soñado con quien fuera su padre, Lautaro.
Mario me contuvo, con él empecé a sonreir nuevamente… A los dos años resolvimos compartir nuestras vidas… Secó mis lágrimas… Cuidó a mi hijo… Volvieron los sueños… Nació Diego, nuestro “cachorro”…
Veníamos los cuatro, Mario, Diego, Salvador y yo.
Veo luces…Oigo voces…Me molesta la garganta… ¿Qué tengo en la garganta?... ¿Y en la espalda? Tengo una espada clavada en la espalda. Hablan, no entiendo… pero esa voz… conozco esa voz… La luz me encandila... Si pudiera ver…
- Concentrate en la mujer… El pibe mas chico no vale la pena, muerte instantánea… Subí al muchacho, está bien, crisis nerviosa…
- Pido a los medios que se retiren, apenas se sepan las identidades se difundirán…
- Un masculino adulto con fracturas expuestas, estado reservado, pérdida de conocimiento...
- Un muerto de unos catorce años…
Diego... El mate, la puerta… Se abrió la puerta…
La garganta… No me puedo mover… No puedo hablar… No puedo preguntar… Me atan ¿Por qué me atan?... Quiero ver, no puedo abrir los ojos… Conozco esa voz… Se acerca, abre mi párpado…
- Lucía, ¿me escuchás?...
¿Cómo sabe mi nombre?... Si pudiera saber quién pasa su mano por mi frente…
Cursaba Introducción a la Socio… Allá, en Independencia, en el 75; Lautaro era de Medicina y fue invitado para una asamblea… Ante la mirada inquisidora de Sergio se ganó la atención y el respeto de todos…
- Yo sostengo, compañeros, que cada uno debe estar en su lugar. Yo voy a Fiorito, atiendo pibes, los llevo a la salita, los vacuno… No puedo ir con los obreros de “Loma Negra”…
Otro día, ya en confianza, después de la asamblea compartí un café con Lautaro, en el Buenos Aires. Palabra va, palabra viene, me propuso reunirnos para escuchar “Los oficios de Pedro Changa” que yo desconocía…
Este dolor que no pasa… la pierna, la pierna izquierda… no puedo moverla… la voz… habla con Salvador… Salvador está aquí… Desatame…. Pero no puedo hablar… Yo los oigo…
- ¿Lucía es tu mamá?... ¿Cómo te llamás?...
- Salvador.
Eternamente sin domesticar, sentada en el suelo, a los pies de Lautaro… Le ofrezco por segunda, quinta vez ese café que preparé mansamente con tres cucharaditas de “Morenita”, ese que con dos cucharaditas de azúcar vertí en la taza con escudos ¿escandinavos?
Desde mi posición podía disfrutar su rostro… Labios grandes, carnosos, que se llevaban mis latidos… Cuando le dije que en su boca llevaba chorreando mi corazón, estallamos en carcajadas… Me dormí así, enroscada en posición fetal, a sus pies, en el suelo, me desperté contracturada…
No me puedo mover… Las luces me enfocan… La garganta… La espada… No puedo mover la pìerna… Tengo las manos atadas… Me pinchan, el médico me pincha, pasa su mano por mi frente… Conozco esa mano, me tranquiliza esa mano… Cuando se va, el silencio es eterno…
Soñando con Nuestra América unida, cuando desperté, contracturada y con nauseas, le dije:
- Cuando tengamos una nena se llamará Juana, como Azurduy…
- Va a ser varón y será Salvador, ¡VIVA CHILE CARAJO! Va a resucitar entre las alamedas ensangrentadas…
La voz… Esa voz grave habla con Salvador… ¿Qué dice?... Oigo, no entiendo… La voz es familiar… La espada de la espalda… Me pesa el cuerpo… La mano seca mi sudor, quedo tranquila…
Ese 20 de octubre del 76 estaba con compañeros en La Paz cuando entró Sergio. Su aspecto me impresionó…
- ¿Qué pasa?...
- Vení… Se llevaron a todos los de Villa Fiorito…
Así, sin anestesia… Agarré mi cartera y salí a Corrientes… Los fusiles apuntando desde los Falcon… Caminé en silencio con gritos contenidos… Agarré un bolso, tiré en él un poco de ropa y salí.
Pasé por Filo… Las paredes “encaladas”… Por la escalera de madera, esa que entrando estaba en el fondo a la izquierda, se oían gritar los pasos de una estudiante. El silencio me golpeó… Me fui... Me topé con Sergio que corría detrás de mí, tomó fuertemente mi mano y me llevó a casa de amigos…
Volví a la calle después de un año; Salvador tomaba el pecho, por eso lo llevé cuando fui al “King”, ahí donde conocí a Mario que estaba en la mesita debajo de la escalera. Ahí donde recalaban Sergio y su gente…
Diego era chiquito cuando vino “La Negra”… Ubicamos a los nenes y con Mario fuimos al “Ópera”… Vimos a algunos de los nuestros...
- ¿Te acordás de Lautaro? El muchacho de medicina, ese que iba a Fiorito… está legal, cuando se pudra todo sale…
Mi columna se incendió; cruzamos nuestras miradas, pero no hablamos; a la salida fuimos a buscar a los pibes a casa de mamá. El silencio duró como tres años… Con el Juicio a las Juntas retomamos el tema; Mario tomó la iniciativa:
- Lautaro está en algún lugar. Tendríamos que buscarlo. Todos nos merecemos el reencuentro, principalmente Salvador…
Reconozco la voz. ¡Es Lautaro!... El médico es Lautaro… Él toca mi frente… Y los ojos me pesan… Y no puedo hablar por eso que tengo en la garganta… pero oigo, no sé si ellos perciben que oigo…
- ¿Cuándo naciste, Salvador?
- En junio del 77…
Oigo, y ya no me importa más nada... Mi hijo encontró a su padre...

Aquí vamos, Mario, Lautaro, Salvador, y yo, sin Diego, caminando por Corrientes. Con afectos intactos y relaciones modificadas, buscando dónde recalar veinticinco años después que nos tocaran “Los Dioses del Infierno”.
Imagen:
RENATO ALATRISTE MONT
http://lesecama.blogspot.com/2010/01/vivir-sin-vidamuneco-roto.html