martes, 21 de septiembre de 2010

Análisis de Norman Cruz

Con motivo de la lectura de “Inseparables”, mi amigo-hermano Norman, me recordó la letra de “Vidala para mi sombra” … yo la había olvidado o permanecía en mi inconsciente.
Al enfrentarlas, noto, ante todo, que la poesía de Julio Espinosa es inigualable; además, noto que mi sombra no sufre, juega conmigo… tal vez esa sea la diferencia…
Norman había hecho en algún momento, un análisis de la letra que deseo compartir aquí (consultado y con su permiso). Hilda

ACERCA DE LA LETRA DE VIDALA PARA MI SOMBRA.
Norman Cruz
Alguna vez comenté que la letra de Vidala para mi sombra, de Julio Espinosa, era la mejor y más lograda de cuantas había escuchado. Ha pasado tiempo, he conocido muchas otras letras, y lo sigue siendo. ¿Por qué? Veamos.
El protagonista (y el autor, y el intérprete) empieza a contar una historia a un interlocutor indeterminado con dos versos casi triviales:
A veces sigo a mi sombra,
a veces viene detrás.

Cualquiera sabe: si caminamos con el sol a la espalda, nuestra sombra nos precede, y nos sigue con el sol de frente. Entonces nos sorprende una idea incisiva:
Pobrecita, si me muero
con quien va a andar.

Simple la pregunta; inexpresable la respuesta. ¿Qué será de la sombra de alguien cuando pierde a quien la produce? Y la hondura se hace entrañable enseguida, porque esa sombra
Achatadita y callada
(¿alguien, alguna vez, la habrá podido calificar mejor?) se torna interlocutora y objeto de infinita piedad por no poder responder otra pregunta insondable:
dónde podrás encontrar
una sombra compañera
que sufra igual.

Se va abriendo el abanico ilimitado de la sugerencia con ese poder de síntesis inefable. Ni una palabra sobre simbiosis de sentimientos entre la sombra y el hombre, pero... de algún modo, sabemos que el sufrimiento de esta sombra es el de quien la proyecta. Y al interlocutor indeterminado le aclara:
No es que se vuelque mi vino:
lo derramo de intención.
Mi sombra bebe, y la vida
es de los dos.

como avergonzado de lo que él pueda pensar (¿a quién, si no borracho, se le ocurriría hablar con la propia sombra y atribuirle sentimientos?); “No tiro el vino de borracho -parece decir- sino por compartirlo con mi sombra y así calmar ambos sufrimientos”.
Y en la estrofa final vuelve a hablarle a la sombra:
Sombrita, cuídame mucho
lo que tenga que dejar
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.

Aparte de la estremecedora metáfora del acto de morir que abisma el remate de esta joya expresiva, el fluir de los versos ha ido expandiendo en el corazón del oyente un universo insondable. Uno a uno, desde un centro han ido brotando versos de mentirosa simpleza, al conjuro de cuya sugerencia sabemos, cuando el cantor calla, infinitamente más de lo que ha dicho.
Nunca nombró el indecible sufrimiento del dueño de esta sombra, ni dijo que bebe brutalmente para soportarlo.
No hubo mención de esa soledad que de puro exhaustiva sólo le deja a su sombra como única albacea.
Nunca habló de la pena, la desesperanza o la nada.
Tampoco de aguardar desesperadamente la muerte como una liberación, o de no atreverse a buscarla por propia mano. Ni nos dijo que sabe, en el fondo, que por eso su modo de buscarla en el vino, porque sabe que el vino, finalmente, lo mojará hasta adentro de oscuridad, lento pero seguro.
Nunca dijo que ya hay adonde ir, que ojalá termine pronto, que entonces nadie lamentará su partida, que no tiene encargos qué hacer y que, si los tuviera, tampoco tiene a quien encomendarlos.
Y sin embargo, sabemos todo eso. Y más. Sabemos tanto... ¿Acaso deslizó siquiera el vestigio de un indicio que permita albergar la sospecha de un amor desgraciado?...
Hay una expresión remanida, estrecha y mezquina: "es la magia y la grandeza del arte". Há de ser eso, nomás.