viernes, 2 de julio de 2010

Su nombre es Raúl.

Cuando logramos nuestro primer diploma alcanzamos el cielo con las manos, tomamos las asas del mundo y salimos a enfrentarnos a la vida, la que como mariposa esquiva nos lleva a todos los caminos… arbolados y desérticos.
En uno de esos recorridos, con el ímpetu de los que aún no han cumplido los veinte años, decidí que mi primer trabajo docente sería en una escuela de barrio humilde.
Ahí caminé por Lanús Oeste, Villa Caraza precisamente. Primeras suplencias… experiencias inolvidables.
Mi vida se dividía entre la facu y el trabajo, rostros de niños juguetones luchando contra el frío de invierno en aulas inhóspitas, enfrentados al sol y al calor deshidratante apenas subía la temperatura.
Dos años después llegó la “primer suplencia larga”, pude planificar el año entero de actividad.
¡Felicidad sin límites!
El primer día de clase descubrí algunas caritas que perdurarían en el tiempo… Mónica, Daniel, Huguito, Griselda, Pochita, Nancy… Hoy serán hombres y mujeres de… ¿dónde andarán?...
Fue transcurriendo el año… 11 de septiembre “Día del Maestro”.
Por primera vez “mis nenes” llegaban con regalitos para homenajearme… Algunos con paquetes tan grandes que apenas dejaban ver sus caritas de chiquilines de siete años….
Uno de ellos, el de cabellos doraditos-rojizos, grandes ojos verdes e infinitas pecas permaneció silencioso en su banco… cuando todo parecía concluir se acercó con algo muy pequeño en sus manitas de uñas quebradas… su regalito estaba envuelto en papel blanco, papel que en esa época se usaba en el almacén para envolver productos… Señorita, mi mamá no pudo comprar nada pero yo le traje esto, me dijo.
El tiempo borra caras, nombres y presentes pero no ha logrado borrar absolutamente nada de Raúl Leiva y su exultante barrita de chocolate…
HM