Fines de junio.
El frío helado de la madrugada me recibe con los brazos abiertos. Rechazo el abrazo de un empellón.
El cielo aún añil... Se hiela mi cara... Levanto la capucha de mi campera y echo a andar... Empiezo temprano... Mis dedos enfundados pierden movilidad... Miro el suelo... Vienen hacia mí otros pies... Las piernas que se cruzan en mi camino terminan en las rodillas... No tienen cuerpo, ni cabeza, ni cara, ni nada... Caminan rápido... Yo, de cabeza gacha...
Elejí mi vestuario con cuidado. Hoy, negro es mi color... Precisaba un toque cálido, tomé mi pañuelo árabe negro con finas líneas rojas... Disimula mi palidez de la mañana, palidez de cara sin maquillaje, sin pintura, con frío. Frío de la mañana...
Ya en la calle, con campera, jeans chupines negros, botas, dedos enfundados y mi eterna mochila miro la soledad de la noche que no es noche. Es día. Aclarará el cielo, se borrarán las estrellas y, ahí podré saber si es buen día o mal día.
No me gusta entregar mi alba, me pertenece. Es el lugar de mis sueños. ¿Qué sueños?... No hay caminantes admirando los pájaros, hay trabajadores corriendo a destinos inciertos. Mi cara delata mi no gusto. ¿Qué delata? Si me la tapa el cuello de la campera.
No me gusta entregar mi alba... Nadie me ve, algunos me miran. ¿Seré un par de pies con botas? ¿Terminaré en la cintura? ¿Seré yo?...
El plátano sin hojas me ve caminar por la plaza desierta. Mi plaza, esa donde aún las palomas se desperezan mientras los zorzales ya comienzan su algarabía. Sé que en las palmeras están las cotorras, no sé dónde anidan los gorriones... En verano se llena de moras... Plaza de mi barrio...
Sola de toda soledad, con el corazón abolladito ando por ahí entregando mi alba, cuando mi deseo es estar en un nido cálido, mirando a los ojos... ¿Qué ojos?... Estoy en la calle, se me hiela la espalda...
Se apagan las primeras luces de los faroles para dejar paso a un leve azul en el cielo que anuncia un buen día que será repetido en cada saludo sin ver. Buen día... Hasta que me llene y toda yo sea buen día... Porque estoy llegando al nuevo día... Llegué que no es poco... Ahora debo justificarlo. Debo descubrir por qué, el de hoy, vale la pena ser vivido... Porque todos los días valen la pena aunque el beso ausente huya a lugares extraños... Encontraré motivos en los pequeños gestos, en las miradas, las sonrisas cómplices de mis amigos, las bromas de mis compañeros...
Porque estoy convencida que entregar el alba, no es entregar la vida. Mi vida la construyo despacito, día a día y tiene muchas horas además del alba.
Alba que a veces se me ocurre inmoral, amoral para ser más precisa...
Mi día empieza con el alba pero florece al atardecer... En el silencio de mi espacio me acurruco en el sillón preferido llevando un café bien caliente,
emprendo mis lecturas
el tiempo es mío
sueño mi mundo
respiro tu aire
volamos juntos
me brotan hojas
encuentro tu risa
y me lleno de vos.
Imagen: Jardín de nuenen en invierno de Vincent Van Gogh