jueves, 1 de septiembre de 2011

Pieza 34

Confortable. El sillón era confortable… Llegaba cansada a pesar que el día recién despuntaba… Y cuando lo vi tan pulcro y señorial, sin pensar en nada, me zambullí en él… No quería pensar, no serviría de nada… Me sucedió ayer, 31 de agosto de 2011…
A los pocos minutos de estar sentada miré mis pies, no sabía en que momento me había sacado las botas… Esas que extrañaría dentro de poco cuando la primavera, que ya se estaba anunciando con el trino de los pájaros y los brotes en las plantas, fuera plena...
Decía que estaba mirando mis pies descalzos… Se estaban helando. Las uñas, estaban blancas como nieve… No atinaba a nada… Un palpitar general me invadía… Descubrí mis venas como ríos internos… Ríos sin agua, ríos secos… ¿Dónde estaba mi sangre? ¿Esa que se amotinaba cuando veía la indiferencia que muere de a poco al otro?…
Muñeca de trapo… Entregada… Con un inmenso babero, en esa sala atildada…
- La frente hacia mí
No, si no tengo frente… No tengo boca, no tengo… Cierro los ojos… Bien apretados… Soy pies-nieve, ríos secos, recostada en el sillón azul…
- Más grande la boca.
Unos golpecitos en mi mejilla me engañaron… Pensé en los miles que soportaron estoicamente mucho más… En los otros… Sin un sillón azul…
Mi cuerpo cedió, me desamparó… Mis sentimientos estaban guardados en una valija… Sentí un pinchazo agudo… Lentamente mi boca me dejó, se guardó en la maleta…
- Suba un poquito el mentón.
Apreté mis ojos, resolví no abrirlos… Ví a mi padre sonreír… Comencé a acomodar las cucharitas en un cajón… Los chicos alegres al ver cómo las ordenaba, de mayor a menor…
- Histeria, signo de histeria. Dijo alguno…
Las acomodé perfectamente, seguí con los tenedores que se entrechocaban… Ni en broma iba a abrir los ojos… Los cubiertos comenzaron a bailar música de “Les Luthiers”… ¡Cómo bailaban! Y yo helada…
- Flojito… Ya está… Siga con las indicaciones y venga en una semana a sacarse los puntos.
Despacito moví los párpados, entre las pestañas vi que todo seguía igual… Me puse los anteojos y al girar, me sorprendieron los pies calzados en el piso, listos para correr… Me enfundé en la campera... En un minuto estuve en la calle y en dos en la parada del colectivo alzando mi brazo derecho... Me senté...
Una profunda tristeza me embargaba… Cerré los ojos despacito y volví a ver a papá… Se reía jocoso… Escuché su voz llegar desde la infinita ausencia:
- Se te acabó lo del ratón Pérez… ¿eh?
Y emprendí el regreso sin mi pieza 34.