viernes, 20 de mayo de 2011

Inconsciente compartido.

Escrito por Cristian Lezcano- Gonzalo Moran
…"Encaro con toda la onda para recibirlo con amabilidad, pero no, odio cuando NO me dan un volante en la calle, ¿porque no me lo dan? ¿Acaso no cumplo con los requisitos necesarios? ¿No doy importante? ¿No tengo cara de poder pagar un arreglo de celular o de poder comprarme uno, o de comer rico en un restorante choto?”… Lo dijo alguien en la radio, uno de esos tantos comediantes de cotidianeidades y es algo que tengo anotado en mi cuaderno desde hace un tiempo largo.
Me pregunté, ¿QUÉ FUE ESO?
Escuche hablar del inconsciente colectivo, pero jamás del inconsciente compartido.
Tenía casi dos sotas de edad, cerca de casa teníamos un predio cedido a contra voluntad de sus dueños perteneciente al banco hipotecario, era invadido casi todos los fines de semana por clones míos.
Esa tarde intente colarme a un partido ya empezado y después de varias “no sé, mía no es la pelota, pregúntale al dueño” la sentencia fue “ya estamos completos”.
Mi búsqueda por llamar la atención siempre fue una marca registrada, iba con una peluca de rulos, hacia que me viera como Maradona, cada vez que la usaba los pibes se reían, pero como todo chiste en algún momento se quema, duro unos meses, hasta que el largo de mi pelo igualo al de la peluca. Era como asistir a una fiesta de disfraces disfrazado de pobre, carente de gracia.
Caminando con las rodillas blancas de tierra, botines negros y medias largas tipo toalla, seguí en búsqueda de otro partido al son de una guitarra criolla. Me acerque a la salamanca y con la facilidad que me caracteriza de conocer gente nueva en lugares extraños me uní al grupo. La maquina de generar obviedades creo una pregunta con la que rompí el hielo ¿Están tocando la guitarra? Me había topado con los groupies de la bandita local.
Recuerdo como usaba aquella entrada en futbol, de lejos veían al petizo acercándose y resonaba en sus cabezas la duda de si aquel les iría a robar. Aquel era yo, y solo quería jugar. A los quince metros de distancia en un espacio descubierto las personas en grupo numeroso pueden actuar como manada, por eso se debe tener cautela. De un momento a otro me perdía de vista, desaparecía. Escondido detrás del arco trataba de mimetizarme, alguien podía y entonces pensar que era un invitado más, que yo conocía a un jugador dentro de la cancha y estar presente en calidad de refuerzo. Estudiaba todo, en principio quien era el más habilidoso, después quienes eran: el patadura, el copado, y por ultimo el dueño de la pelota. “¿Se puede jugar?” Era la frase inicial, por supuesto que nunca recibí un “de hecho, lo estamos haciendo” como respuesta, en esa época no parecía existir el sarcasmo entre chicos, fue algo que aprendimos mas adelante.
La estrategia en esa instancia era darle charla al arquero hasta ganártelo: si le sacas una sonrisa al arquero estas adentro pensaba. Pocos arqueros son mala onda es lo que puedo decir.
Aquel verano estuve de novio con una chica que después se hizo amiga de mi vieja (no le digo así, siempre le digo mamá), había dedicado un tiempo largo a componerle un tema con la guitarra. Noche tras noche le agregaba algo, incluso llegue a grabarlo en un CD, obvio que no canto, así que solo quedo un concierto de de cuerdas. Al don del entone siempre lo tuvo mi hermana. Creo que mi gran virtud es esforzarme en lograr tener virtud en algo, de ahí es que aprendí a tocar la guitarra.
Uno de ellos me pregunto si sabia tocar, a lo que dije “mas o menos” para eliminar presión. Agarre la guitarra pensando en aquel como un día especial, dedos fríos y a tocar. Sonó la canción de amor instrumental mas dulce de mi barrio, al menos se sostuvo hasta ese momento, entonces un dueto con un “¡para! Esa no es la…” me hicieron de coro interrumpiendo mi mejor momento.
Resulta que el chico de pelo largo y menor pinta de músico había compuesto lo mismo. Le paso la guitarra, la toma por el cuello y la acuesta de cintura en sus rodillas, con la peor postura empieza a tocar con exactitud lo mismo que yo había ejecutado “ así no es la mi” les dije y cambie de tema con un “yo toco la armónica en realidad” y así como ese duende se les apareció desapareció, pero esta vez mas raro que de costumbre, me fui con una sonrisa dura, ojos perdidos en la nada y no estoy seguro, pero creo que también iba corriendo.
Anoche tuve un sueño con el que puedo unir estos relatos separados. Aparecía en algo llamado inspiración, que en mi cabeza figura representada como una fuente de agua en una plaza, calculo que debe haber una para cada especialidad, ya sea el humor, el cine, la música, etc. Porque a mi me toco una en la que solo nadaban comentarios graciosos, no agarre ninguno bueno. Es la primera vez que la veo pero no creo que sea la primera vez que la uso. Por dentro son como palabras separadas que al juntarlas forman frases que a su vez forman pensamientos, son desencadenantes de ideas tanto buenas como malas. En la fuente hay reglas, ejemplos: no leer palabras ajenas, debido a que son personales, meterse al agua o mear, pero suelen romperse. A veces hay confusiones y peleas por ver quien se lleva la idea, entonces se llega a un acuerdo que también se rompe. Estuve un tiempo largo esperando encontrar alguna para mi y noté que algunos no tomaban precauciones y dejaban pensamientos armados, me quede al acecho y tome uno empezado, se de quien es y me imagino la cara que va a poner cuando lea esto y sepa “¿QUÉ FUE ESO?”

Nota:
Cristian y Gonzalo fueron alumnos míos en la ET 33, “El Plume” para “nuestra familia”.
La relación trascendió a la de alumnos-profesora, surgiendo un afecto extra como surge entre todas las personas con inquietudes compartidas.
Publico este texto para recordar el mes de fallecimiento de Gonzalo en un accidente.
Estará eternamente en nuestros recuerdos y pensamientos porque tuvo VIDA.
Gracias Cristian por permitirme postear el texto “Inconsciente Compartido”... Si compartimos entre muchos, es más liviano...
Hilda, “la profe”